Nuestros hermanos haitianos viven una de las tragedias más graves de su dolorosa historia, iniciada con el coloniaje y la explotación impuesta por dos imperios, España primero, Francia después. Esta última no perdonó la heroica independencia de la primera república negra en 1804 y aplicó luego leoninas indemnizaciones que Haití debió pagar durante casi medio siglo. Los enfrentamientos entre los ex esclavos que residían en las zonas rurales y la elite mulata de las zonas urbanas derivaron en una inestabilidad permanente. A los motines y golpes palaciegos, le sucedieron dos ocupaciones militares norteamericanas para defender los intereses de sus propias empresas y apoderarse del control aduanero. Después vino la terrible dictadura de Francois Duvalier, con el terror cotidiano de su propia milicia, los "tonton macoutes", sucedido por su hijo que prolongó el despotismo familiar (1957-1986). En tiempos más recientes, la frustrada esperanza en Aristide, el cura adscripto a la teología de la liberación que lideró un proceso de cambio democrático, pero que terminó acusado de corrupción y autoritarismo como sus antecesores. Los sucesos que precedieron a su abandono del cargo y del país, dieron lugar a una intervención de fuerzas de las Naciones Unidas como "misión de Paz", y el compromiso de asistencia de ayuda internacional. Transcurridos varios años, los buenos propósitos han demostrado ser insuficientes. La estructura estatal se mantiene bajo mínimos gracias a las aportaciones del exterior. La corrupción corroe los mecanismos de ayuda, mientras una elite privilegiada y absolutamente minoritaria controla económicamente el país. El 4 % de su población controla el 64% de su riqueza. Lea más...